La montaña mágica, una de mis lecturas de este año
A través de la mirada de Hans Castorp, el lector atisba la sensación de un largo día: el día de la llegada al sanatorio y el cúmulo de impresiones, temores, expectativas, decepciones y otros sentimientos encontrados que lo convierten en materia de decenas y decenas de páginas, lo que tiene como efecto una especie de dilatación del tiempo: un día que no se lee en una sentada, que se convierte en una unidad de tiempo mayor.
En ese sentido, Mann se suma a otros escritores, pilares de la narrativa del siglo XX, que se preocuparon por lograr semejantes artificios narrativos: Virginia Woolf, James Joyce y Marcel Prust, entre ellos.
La novela de la primera mitad del siglo XX, como lo apunta Milan Kundera, incorpora como nunca antes la subjetividad del personaje, y ese punto de vista (aunado a veces a la técnica narrativa del monólogo interior) hace posible manipular el tiempo de la lectura y el tiempo de la anécdota: ampliando uno y reduciendo el otro o viceversa. Un día que se narra en cien páginas, un año que se cuenta en dos párrafos.
Ya algunos escritores del siglo anterior daban pasos en esa dirección: Dostoievski en Apuntes de invierno sobre impresiones de verano o Tolstói en Ana Karenina, la novela que inicia el monólogo interior.

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