La montaña mágica, una de mis lecturas de este año


A partir de la situación de encierro que vive un puñado de residentes de un hospital en las montañas, Thomas Mann recrea las percepciones del paso del tiempo que experimentan diversos personajes.
A través de la mirada de Hans Castorp, el lector atisba la sensación de un largo día: el día de la llegada al sanatorio y el cúmulo de impresiones, temores, expectativas, decepciones y otros sentimientos encontrados que lo convierten en materia de decenas y decenas de páginas, lo que tiene como efecto una especie de dilatación del tiempo: un día que no se lee en una sentada, que se convierte en una unidad de tiempo mayor.
En ese sentido, Mann se suma a otros escritores, pilares de la narrativa del siglo XX, que se preocuparon por lograr semejantes artificios narrativos: Virginia Woolf, James Joyce y Marcel Prust, entre ellos.
La novela de la primera mitad del siglo XX, como lo apunta Milan Kundera, incorpora como nunca antes la subjetividad del personaje, y ese punto de vista (aunado a veces a la técnica narrativa del monólogo interior) hace posible manipular el tiempo de la lectura y el tiempo de la anécdota: ampliando uno y reduciendo el otro o viceversa. Un día que se narra en cien páginas, un año que se cuenta en dos párrafos.
Ya algunos escritores del siglo anterior daban pasos en esa dirección: Dostoievski en Apuntes de invierno sobre impresiones de verano o Tolstói en Ana Karenina, la novela que inicia el monólogo interior.



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