Plutarco Elías Calles seduce a Pedro Páramo
De acuerdo: la originalidad en la literatura y las artes en general es cada vez más una quimera. Los autores de épocas pasadas (hasta antes del siglo XIX) sabían que serían juzgados más por ejercitar la destreza de su oficio (reescribir una historia conocida en prosa o encontrar las rimas y metáforas adecuadas en verso) que por sorprender al mundo con algo nunca antes visto.
Contamos con un extenso legado de obras inmortales que han contribuido a la historia de la cultura. Han ayudado a configurar a los pueblos proporcionando elementos de identidad (aparte queda el fenómeno de los usos políticos o ideológicos de un texto literario, sometido a intereses concretos). Y seguramente seguirán teniendo un destacado sitio en la historia de la literatura.
Sin embargo, los textos del pasado, desde Las metamorfosis a Ana Karenina, de Cervantes a Dickens, se reactualizan con cada época y hasta con cada lector que descifra una vez más el sentido del relato, en un ejercicio de recreación que está expuesto a variaciones, ya que esa es la naturaleza polisémica de las palabras.
Los lectores actuales pueden incluso advertir ciertas "deficiencias" u omisiones en obras señeras de la literatura universal. Claro: las ideas de las sociedades patriarcales del pasado gozaban de vigencia y prestigio. ¿Podemos culpar acaso a Lope de Vega de presentar a sus personajes femeninos como débiles y subordinados al poder masculino cuando el dramaturgo simplemente reflejaba una educación recibida y el peso de toda una tradición?
No se trata de descalificar a Shakespeare ni a Goethe, ni de restar mérito a tantas obras que ahora son parte del patrimonio de la humanidad. Pero desde nuestra perspectiva posmoderna podemos hacer una lectura diferente a las que se hicieron en el pasado, por ejemplo, señalando rasgos patriarcales que definieron los caracteres de grandes personajes y que seguramente definieron su destino. Tal vez ni Ana ni Emma ni Carmen ni Tess tendrían que haber terminado trágicamente su existencia. Tal vez Tolstói o Flaubert quisieron, y no se atrevieron, a mostrar su empatía hacia mujeres adúlteras.
Sin olvidar las versiones originales ni restarles su grandeza, hoy parece florecer una tendencia a reescribir grandes ficciones desde perspectivas alternativas. Imaginemos la infancia traumática de Hamlet, un amasiato oculto entre Raskolnikov y Razumikin, o vayamos más lejos y mezclemos la historia y la ficción: Plutarco Elías Calles tratando de seducir a Pedro Páramo.
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