Venezuela 2026
En este convulsionado inicio de 2026, en esta era de las opiniones vertidas en redes sociales y medios electrónicos, reivindico el derecho que cada quien tiene de expresar su opinión y de no ser insultado por ello.
Lo aclaro porque el tema en cuestión suscita las más ríspidas discusiones y, tristemente, lo normal es presenciar sólo pleitos e insultos sin fin.
Pero renunciar a mi opinión sería renunciar al espíritu universitario que me guía. Además, seré breve. Poco se puede agregar a lo que se ha dicho en estos días, puesto que las cartas están descubiertas, ya que si una virtud tiene el presidente de los Estados Unidos es la franqueza. Así pues, no hace falta desenmascarar sus intereses en Venezuela ni en América Latina, intereses que él mismo ha declarado y que, tras un débil maquillaje de lucha contra el narcotráfico, son los de un dominio territorial que parece recordar tiempos de colonialismo que parecían superados.
Quienes se alegran por la caída de un régimen ciertamente autoritario en Venezuela, no contemplan el mal mayor que se está incubando en esta escalada imperialista. No advierten -o se niegan a reconocer- que la población venezolana es de nulo interés para el invasor. Que en el mundo existen regímenes peores que el de Maduro, en términos de violencia, terrorismo de estado, violación de derechos humanos, libertad de prensa, respeto por las diversidades sexuales, entre otros aspectos, que merecerían ser derrocados primero si la preocupación fuera promover el bienestar de una nación. Que los beneficios que pudieran derivarse para los venezolanos en esta nueva etapa son coyunturales, transitorios, y no producto de una política que los tome en cuenta.
La historia nos lo enseña por lo que ha sucedido en décadas recientes (invasiones como la de Irak) e incluso en acontecimientos remotos (como la Conquista de México).

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