EN ALGÚN LUGAR

En alguna parte estás. En alguna parte aguardas a que yo te encuentre. O tal vez también me buscas. Pero si me buscas es probable que te encuentres desesperado y en movimiento. Así que prefiero que estés quieto: que seas tú quien aguardes, o mejor: que vivas despreocupado, sin pensar que pronto llegaré hasta ti, yo sí en movimiento, desesperado y en movimiento. Expectante. Actuando un poco como el cazador al acecho, disfrutando del acto mismo de salir de cacería y de atisbar por entre los resquicios, los claros del bosque.

            Casi siempre te imagino de ese modo. La situación puede variar, pero soy yo quien llega hasta ti y te domina. Aunque alguna vez fue al revés, y entonces tú, al piano, tocabas el Impromptu número 4 de Schubert, junto al ventanal desde donde se domina la ladera, en la colina de Cobenzl (porque la acción se desarrolla en Viena, poco después de la muerte de Franz). Te levantaste de la cama y abandonaste la alcoba dejando, sin embargo, la puerta abierta… y a mí atado a los barrotes de la cabecera, atado con las sábanas que hábilmente manipulaste para tal efecto. Y yo sabía lo que me aguardaba para cuando terminaras tu interpretación, y ya sentía en la piel los escarceos de placer anticipando la sensación de tu cuerpo sobre el mío y el éxtasis de los besos que nos prodigaríamos, en una noche más de amor prohibido, en la consumación de una boda apócrifa, a espaldas de nuestras respectivas esposas: a espaldas de esa vida de apariencia a la que estábamos condenados y de la que solo escapábamos de cuando en cuando, como ahora, que nos atrevíamos a dar rienda suelta a los deseos… o casi, porque las nuestras eran  más orgías de palabras y de fantasías. Por supuesto consumábamos los encuentros con el acto sexual, pero lo que más disfrutábamos era el camino, el recorrido, el ascenso antes de llegar a la cima: así que hablábamos, expresábamos las imágenes con palabras, a menudo obscenas, que eran el aderezo con que se volvía más picante aquel plato de placer.  

            Fantaseábamos con mostrarnos en público, en aquellos años todavía prohibidos, todavía con los guetos en muchas ciudades bien establecidos, conocidos ya popularmente pero cuya demarcación todavía fungía como un contenedor. Chueca, San Telmo, Castro, Schöneberg, Soho, la Roma… Aquí en la colonia Roma habíamos presenciado alguna redada, hacía ya varios años, y sabíamos de las recién inauguradas Marchas de Orgullo Gay, a las que no hubiéramos osado asistir. Y nos liberábamos un poco a la hora de bailar en las fiestas porque en ese momento el sonido Disco estaba en los cuernos de la luna. Entonces, nos lanzábamos al centro de la reunión compitiendo entre nosotros por mostrar quién ejecutaba mejor las canciones de Boney M. Te veías tan sexy bailando a lo Travolta…

            Un hombre, ¿canoso? No, levemente cano, de mediana edad. Gafas rectangulares que le van a la perfección a su rostro más bien alargado. Llega a la biblioteca con su aire de académico concentrado y sexy, sexy a pesar de la seriedad de su porte y del lugar, que no parece el sitio adecuado para buscar un ligue homosexual. Lo miro y me distraigo de Carlos Bousoño. La teoría puede esperar un poco, pues me parece que no le he sido indiferente: es la tercera vez que cruzamos miradas y creo leer su aquiescencia, así que cuando me levanto y me interno entre los anaqueles no me sorprende que también él sienta curiosidad por la retórica latina y busque un tomo de los clásicos. Y después de cruzar tres palabras ya siento sus brazos rodeándome y beso su manzana de Adán, tan atractiva desde que lo miré la primeva vez, con la sensación de caminar al borde de un precipicio, ya que cualquiera nos puede descubrir y entonces… varias cosas pueden pasar: desde recibir una amonestación y aceptar la invitación a retirarnos de la biblioteca, hasta ser arrestados por la policía: por una patrulla que inopinadamente llamaron y acudió al momento, antes de que pudiéramos correr por el único acceso que daba a la calle y huir.  

            Y luego ser conducidos a una celda y pensar que todo acabaría en una multa y en una condena que se pagaría con trabajos comunitarios durante algunos fines de semana, sí, pero antes las injurias, las palabras soeces, ya no dichas como juego sino lanzadas como pedradas que nos amedrentaban, y las vejaciones verbales, para no hablar de las otras: las que nos dejaron marcas en la piel y, lo peor, marcas en el alma. Porque pagamos muy caro haber llevado a la práctica, por una vez que nos atrevimos, una fantasía. Sin embargo, en un futuro, en algún lugar…

           

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