Simultaneidad


Me doy una ducha para relajarme de los rigores de la jornada laboral. Mañana sábado pienso hacer limpieza en el departamento, que ya le hace falta. Mientras el agua acaricia mi cuerpo, percibo el gusto del whisky y las luces circundantes titilan febrilmente, en un efecto que convierte el bar en un espacio móvil, donde la luz y la penumbra se alternan y me producen un vahído leve aunque profundo: un vahído que tiene que ver más con la doble sensación, la del agua en la ducha y la del whisky en el bar.

            Me desentiendo –no del todo– de las labores de limpieza que me esperan mañana, si no quiero que el caos del departamento siga creciendo, como el del universo. Me concentro un poco más en la música: el grupo de swing ha comenzado a tocar y suena Temptation, en una versión que sigue de cerca a la de Artie Shaw. Adecuada pieza, me digo estando en el bar de un hotel de aire internacional, con una vaga decoración tropical que lo mismo podría pertenecer a Bali o a Acapulco.

            Salgo a la terraza y percibo la atmósfera pesada del trópico, la explanada de donde llega la música y donde se desarrolla un baile con hombres y mujeres como salidos de una película en blanco y negro. El calendario colgado en el pasillo que conduce a la explanada indica, además del año 1937, el sitio en el que me encuentro: La Habana.

            Es primavera, la isla ha entrado en la escalada de calor que cada año parece más intensa. Apuro de una vez la copa que había estado probando con pequeños sorbos, porque hay una especie de fuerza que me hace actuar con una determinación que mi yo de la ducha desconoce (ahora, del otro lado de la realidad, yazgo en la cama, ya seco y vestido tan solo con un bóxer) una determinación que me lleva de la terraza donde se efectúa el baile a la habitación del hotel que sé que no estará deshabitada: estarás ahí y será el momento oportuno para ejecutar mi plan, mientras todo el mundo se ha quedado abajo en la terraza, en el bar y en los alrededores del hotel: en el malecón donde tan a gusto se pasea a esta hora de la noche, así que subo por la escalera, mucho más apartada menos concurrida que el ascensor, y en cada peldaño siento que me acerco más al objetivo: tu muerte, la venganza, los celos que al fin aplacaré luego de haber comprobado sin lugar a dudas tu infidelidad y de paso, pero no menos significativo, el dinero del que me apoderaré cuando huya de esta isla (¿creíste que no te espié cuando adquiriste aquella caja fuerte donde guardaste los diamantes y mucho dinero en efectivo?)… y para cuando descubran el desastre y comiencen las investigaciones, en lo que tardan en encontrar tu cadáver, ya estaré muy lejos, si es que lo llegan a encontrar, cosa que dudo porque el pantano que bordea la parte trasera del hotel está infestado de cocodrilos.

            Estoy a punto de quedarme dormido, después de la relajante ducha, pero me sobresalta el estruendo de un disparo. Me incorporo y mi primer impulso es esconder el cuerpo en el depósito de ropa sucia y salir por la parte de atrás hacia el pantano. Incluso me asomo al borde derecho de la cama, al tiempo que cobro consciencia del lado de la realidad en el que me encuentro. Me asalta un sinnúmero de preguntas: ¿por qué sé que el arma homicida está enterrada a seiscientos metros de la fuente con dos leones que preside la entrada del hotel? ¿Por qué sé que, si escudriño al fondo de mi armario aquí en la actualidad, daré con la misma arma? No necesito corroborarlo. Pero las certezas sobre tales nimiedades no son lo importante. El misterio no está en quién es el autor del crimen, sino en la estructura del universo que me permite vivir dos vidas en diferentes tiempos y países, y estar consciente de ello.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La diferencia entre cuento y novela: vieja discusión, a propósito de Otra vuelta de tuerca, de Henry James.

El tambor de hojalata, de Günter Grass

Plutarco Elías Calles seduce a Pedro Páramo